A primera vista me gustó, pero realmente no me enamoré de ella sino hasta la primera ocasión en que la miré vestida.
Tuvimos varias citas, usualmente a la salida de su trabajo o del mío. Su uniforme con pantalones holgados y una bata gruesa y larga no le permitía lucir a plenitud todos los atributos de una mujer que fue porrista en la prepa y en la universidad, luego maestra de aerobics y que a base de años de disciplina en el gimnasio había logrado pulir su cuerpo de tal manera que se convirtió en una hembra de esas que paran el tráfico en el centro de cualquier ciudad del mundo durante la hora pico.
La fiesta empezó cerca de las seis de la tarde, pero nosotros arribamos alrededor de las 9 de la noche. Habíamos sido invitados a una convivencia organizada por mis compañeros de trabajo para festejar el cumpleaños de una de ellas.
Aquella noche, mi dama lució por primera vez ante mí un traje de fiesta, ya no su acostumbrado e incómodo uniforme de trabajo que, según me comentó posteriormente, utilizaba para no provocar asedio y tanto acoso de sus compañeros de trabajo y de sus empleados.
Entallada en un vestido negro que le hacía resaltar la silueta ideal que todo hombre ha deseado alguna vez en su vida estrechar entre sus brazos, ella caminó tomada de mi brazo hasta cruzar la amplia sala de la casa de nuestros anfitriones. Tomamos asiento después de las acostumbradas presentaciones y nos integramos a la charla mientras bebíamos tequila y cerveza para acompañar los tradicionales tacos de barbacoa.
A cierta hora de la noche, el anfitrión invitó a todos amablemente a pasar al patio trasero de la casa, en donde había un amplio espacio con piso de cemento y en un rincón el aparato de sonido ya tocaba melodías, por lo que inmediatamente se hicieron parejas para ocupar el centro de la pista para disponerse a bailar.
Después de la media noche la música se había tornado romántica e incitadora, especialmente para las parejas de enamorados que ya para esa hora nos abrazábamos y besábamos al compás de las melodías de Roberto Carlos, Napoleón y José Luis Perales.
Las caricias que mi dama me permitía prodigarle en público se fueron haciendo cada vez más apasionadas y acabó por no importarnos lo que los no bailadores pensaran o cuchichearan desde sus asientos. Sin perder el ritmo de la seducción, yo aprovechaba para besar el cuello de mi reinita mientras la envolvía con mis brazos apretándola cada vez más. Ella se paraba sobre la punta de los pies para alcanzar a besarme las orejas y meter su lengua casi hasta tocar mi cerebro enrarecido por la necesidad de sexo urgente.
Hubo un momento, sin embargo, en que mi amigo Erick, el anfitrión de la fiesta susurró al oído de su pareja algo que a mí me pareció que decía “get a room.” Así que, no comprendiendo a cabalidad si aquel comentario era una invitación formal de un buen anfitrión o de plano una crítica, sigilosamente me escurrí en compañía de mi reinita hacia una de las habitaciones más alejadas de la casa.
Tan pronto entramos a una habitación, mi mujer y yo nos tendimos sobre la cama y nos fuimos quitando la ropa lo más rápido que pudimos sin importarnos lo que estuviese sucediendo a esas horas en el mundo. Que si hubo sismos o guerras, aviones que se cayeron o ríos desbordados no nos importó. Sólo deseábamos estar a solas con nuestro amor y nuestras calenturas que para esa hora ya desbordaban las pocas inhibiciones que una pareja de enamorados puede soportar.
Desnudos sobre el lecho ajeno sólo escuchábamos el eco de la música en el patio trasero y ocasionalmente la voz de los que cantaban aprovechando el karaoke que se había instalado junto al aparato de sonido.
Los besos apasionados en la boca y en todo el cuerpo no opacaban los ruidos generados por nuestros escandalosos gemidos conforme nos acercábamos más al clímax de aquella relación en un lecho prohibido. No dejamos rincón de nuestros cuerpos sin besos y tampoco permitimos que un centímetro de aquella habitación quedara sin impregnarse del olor de nuestros cuerpos jadeantes y sudorosos después de prodigarnos todas las caricias que pudimos experimentar antes de que los demás asistentes a la fiesta empezaran a echarnos de menos.
De pronto, la puerta se abrió sin que tuviésemos tiempo de cubrir la desnudez de nuestros cuerpos con alguna manta. De pie, en el umbral de la puerta, la silueta de mi amigo Erick se dibujó gracias a la luz del pasillo que daba de lleno en su espalda. Nosotros, en la penumbra, continuamos sin interrumpir un segundo lo que estábamos haciendo cuando después de una fracción de segundo Erick se despidió diciendo simplemente “Disculpe papá”, pues nos había confundido con sus padres, que ese día estaban también de visita para acompañar a la festejada.
Noche anterior ------------------ Noche siguiente.
Atentamente
"Siempre intento, aunque no siempre puedo"
El conejo impotente
Paulino Arreola
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