martes 12 de agosto de 2008

Noche 2 de 365 noches de sexo

Noche 2. Lunes 11 de agosto de 2008.

Después de nuestras respectivas actividades cotidianas, mi mujer y yo fuimos al parque de El Chamizal. Trotamos casi cinco kilómetros. Regresamos a casa cerca de las ocho treinta de la noche, sudados y agotados pues teníamos cuatro días que no corríamos ni asistíamos al gimnasio. Después de un baño con agua tibia cenamos ligero y luego nos fuimos a la recámara que durante las últimas cuatro semanas ha sido nuestro nido de amor.

Un poco preocupado por el reto de hacer el amor 365 noches continuas, no sabía yo cómo empezar, pues el reto implica no repetir ninguna acción de las noches anteriores; lo cual, a pesar de ser apenas la segunda de 365 noches, ya me empieza a pesar un poco por la duda y la posibilidad de que algún día no encontremos cosas nuevas para realizar.

Una vez en la recámara procuré que no nos acercáramos a la cama, para darme tiempo a pensar qué hacer esa noche. Así que invité a mi mujer a bailar en el centro de la habitación, para lo que encendí una vez más la computadora y la música empezó a sonar. No encendí incienso esa noche, sólo música y nuestros deseos.

Estábamos tan cerca del escritorio en el que estos textos escribo cada día, que después de bailar unas dos piezas de música romántica, me recargué en el escritorio y continuamos besándonos mientras nos desnudábamos el uno al otro, pausadamente, entre beso y beso.

No pudiendo soportar más el calor en nuestros cuerpos, la pasión se empezó a desbordar, por lo que retiré todo lo que tenía sobre el escritorio, incluyendo la computadora, pues la puse sobre la silla de escritorio, aún sonando música romántica.

Pedí a mi dama que subiera al escritorio y se pusiera en posición de perrito, sobre sus rodillas y manos, con su hermoso y torneado trasero apuntando al norte, justo hacia El Paso, Texas, y su mirada al sur, rumbo al desierto de Samalayuca. Entonces acerqué una silla que tenía al otro lado del escritorio, me senté justo enfrente de su fuente de vida. Empecé a acariciarle los pezones con mis manos mientras que con mi lengua lamía la región que un caballero más añora de una dama.

La besé, precisamente ahí, por mucho tiempo mientras escuchaba sus gemidos y apreciaba sus movimientos ondulantes de cadera, con lo que su espalda arqueada provocaba que su larga cabellera se balanceara de lado a lado de su cabeza. No sé si tuvo un orgasmo en esa posición. No le pregunté, pero a juzgar por sus gemidos bien pudieron haber sido dos, o más.

Enseguida le pedí que se recostara sobre su espalda de tal manera que su cabeza quedara colgando a la orilla sur del escritorio. Yo, entonces me cambié al extremo opuesto del escritorio y de pie introduje lo mejor de mis miserias en su boca y aprecié cómo ella lo recibía con alegría maliciosa. En el vaivén de mis caderas que empujaban mi cuerpo hacia delante y hacia atrás miré por la ventana el reflejo de los faroles de la calle de atrás sobre su delicado y esbelto abdomen bien cuidado por años de ejercicios y pesas en el gimnasio.

-Me toca -dijo en determinado momento mientras descendía del escritorio.

Hizo que me subiera al escritorio y me recostara boca arriba, con las piernas abiertas en “V”, al aire. Entonces besó la línea entre mis hemisferios y chupó ávidamente desde el ano hasta el pene, ocasionándome un placer más violento que el de Antonieta Villamil. Se extasió y me extasió en esa posición hasta que estuve a punto de orgasmo.

Entonces descendí del escritorio y me acomodé de pie detrás de ella. También de pie, ella se recargó sobre el escritorio posicionando en éste sus jugosos senos y extendió sus brazos hasta tomar las esquinas opuestas del escritorio y sus ojos miraban a través de la ventana rumbo al norte. Bendito norte que me permitió mirar el mundo a través de las caderas de mi dama.

En esa posición tuve un delicioso orgasmo después de unos minutos de juguetear con su espalda y de besar y tocar por debajo de su cuerpo las ciruelas que colgaban de sus melones frescos y tibios. Luego nos besamos unos minutos más y nos dijimos cuánto nos amamos y todo lo que nos necesitamos. Así fue como esa noche nos fuimos a tomar un merecido descanso que me hizo soñar despierto en el paraíso y sus veinte mil vírgenes, y seguramente ella pensó también en uno que otro querubín de aquellos que gatean de noche.

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Atentamente
"Siempre intento, aunque no siempre puedo"
El conejo impotente
Paulino Arreola
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