Noche 3. Martes 12 de agosto de 2008.
“De usted, señora mía, me gusta el empaque, el contenido, el servicio y la garantía. Atentamente, Usuario satisfecho.” Le dije a mi compañera de cama en cuanto desperté después de una noche de pasión y entrega a los placeres del amor. Luego le di un beso en la boca y nos levantamos para prepararnos para ir al gimnasio. Trabajamos trote, carrera y pesas por casi una hora y luego volvimos a casa para bañarnos y desayunar. Después nos marchamos para nuestros respectivos empleos.
Después de un nublado de casi todo el día, al atardecer empezó a lloviznar. Salimos a la terraza trasera del segundo piso para mojarnos hasta que la ropa nos quedó tan húmeda que hubimos de cambiárnosla para quedar más cómodos antes de cenar.
Cerca de la media noche, después que bebimos una o dos copas de tequila, volvimos a salir a la terraza desde donde se divisan las casas de la calle de atrás y a lo lejos las luces combinadas de ciudad Juárez y de El Paso, Texas, con su estrella gigante de luces al pie del cerro. Tendimos unas cobijas sobre el piso de cemento aún húmedo de la terraza y nos acostamos desnudos boca arriba para contemplar el cielo nublado que ocasionalmente nos lanzaba algunas gotas de lluvia que habían quedado en el ambiente después de la delgada lluvia vespertina.
El chocar de las bolas de billar de la mesa de los vecinos de la calle de atrás nos llegaba con tal claridad que podíamos casi adivinar si la carambola había tenido éxito. Tres sujetos jugaban billar en la cochera de la planta baja con el portón abierto y la luz encendida, así que podíamos desde nuestro punto de observación mirarlos y hasta escuchar sus gritos y carcajadas de satisfacción cada vez que alguno de ellos lograba cascar la bola. Nunca sabré si ellos también podían mirarnos, ya que nosotros estábamos con todas las luces de la casa apagadas y sólo nos iluminaba la poca luz de la ciudad, pues el nublado no permitía que el reflejo de la luna nos iluminara a pesar de encontrarnos a la intemperie.
Después de un momento de conversar acerca de las cosas que nos hacen felices, nos pusimos de pie y yo recargué suavemente a mi mujer contra la pared de la casa y me acerqué por detrás para acariciar todo su cuerpo. Ella empezó a gemir contra la pared cuando yo le acariciaba el cuello, los hombros y lamía sus orejas introduciendo mi lengua en cada uno de sus oídos.
Después de acariciarla por la espala durante unos minutos, ella se volvió de frente a mí y así continuamos besándonos pausada y tiernamente durante no sé cuánto tiempo. Luego me puse de rodillas frente a ella e hice que levantara su pierna derecha y la pusiera sobre mi hombro. Ella, recargada sobre la pared gemía cuando yo empecé a besarle la entrepierna y a acariciarle con mis manos extendidas las extremidades más sensibles de sus senos.
Seguidamente ella se deslizó hasta quedar en cuclillas y yo me puse de pie frente a ella para que pudiera succionar a conciencia todo lo que le permitiera su cálida garganta y chupar todo lo que su lengua le permitiera.
Después de un rato de sexo oral del uno hacia el otro nos tendimos nuevamente sobre las cobijas y decidimos reintentar la tan placentera posición del sesenta y nueve, ella boca arriba con las rodillas levantadas y yo sobre ella sobre las palmas de mis manos y sobre mis rodillas. Nos besamos tanto rato y con ritmo tan oscilatorio que ambos llegamos a gozar de un orgasmo simultáneo, como nos gusta.
Antes de recuperarnos de los jadeos decidimos nuevamente intentar la experiencia de tratar de encontrar el famoso punto G. Ella boca arriba con las rodillas levantadas y yo sentado frente a ella le acaricié con mi lengua y con mis dedos la periferia de la vagina hasta que decidí introducir el dedo pulgar de mi mano derecha igual que lo había hecho noches atrás. Por momentos se dejaba sentir un viento fresco del norte y una brisa nos empapaba nuestros cuerpos sudorosos y calientes.
Para este momento los vecinos ya habían suspendido su juego de billar y habían apagado la luz de la cochera. No se puede saber exactamente cuánto duramos en la búsqueda del punto G, pero cuando ella empezó a gemir sentí que jamás la había llevado a ese punto de excitación en el que sus contracciones simulaban la cresta de las olas en la playa de la isla Catalina.
Después que platicamos, mi mujer me confesó que no podía explicar lo que se siente en el clímax del punto G, pero que de alguna manera era como diez veces más poderoso e intenso que el clímax de clítoris. Pero además, me confesó que durante el pico más alto del orgasmo, sentía que la cuesta descendía y luego volvía a crecer pero más alto que la anterior hasta lograr tres ascensos escalonados que la hicieron perder el sentido de la vista y del oído por períodos más largos que con el clímax de clítoris.
-Puedes tener todas las mujeres que desees en el futuro si algún día decides dejarme -me dijo más tarde en esa velada,- pero a mí ya me diste para morirme feliz con lo que me has hecho sentir esta noche.
Recién había ella dejado de disfrutar de los famosos tres orgasmos continuos, cuando aproveché el estado de excitación tan alto en que se encontraba para transportarla nuevamente hacia el abismo de otro orgasmo de clítoris con los tres dedos centrales de mi mano derecha, con lo que ambos quedamos exhaustos, pues he de decir que el placer de hacer feliz a una mujer compensa y ocasiona también un alto grado de placer en el caballero que se atreve a liberarse de falsos machismos como el de aquellos que sólo pretenden auto satisfacerse sin importar lo que la pareja sienta o desee, ocasionando en muchas ocasiones con esa actitud un sentimiento de insatisfacción y frustración en la pareja.
No soy experto en cosas del sexo ni del amor, pero sé que mi placer no sólo está en sentir orgasmos, sino en lograr que mis satisfacciones y las de mi mujer sean producto de una relación de pareja sin tabúes ni falsos pudores.
Hubiésemos querido continuar con la faena más tiempo, pero los gallos del vecindario empezaron a cantar de alegría por el nuevo día que ya estaba muy cerca de nacer, por lo que comprendimos que era es la mejor hora para ir a dormir.
Noche anterior ------------------ Noche siguiente.
Atentamente
"Siempre intento, aunque no siempre puedo"
El conejo impotente
Paulino Arreola
Para ideas, sugerencias o comentarios respecto a esta ocurrencia, envíame un correo a: escribe@paulinoarreola.com
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PAULINO ARREOLA ARREOLA

1 comentarios:
Pau... ya no te voy a ver igual... jejejeje
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