jueves 4 de septiembre de 2008

Noche 14 de 365 noches de sexo

Noche 14. Sábado 23 de agosto de 2008.

La segunda noche que pasamos acampando a la orilla de la alberca de aguas termales no fue ni menos ni más intensa y romántica que la anterior, simplemente fue una más de las mil y una que nuestra relación presagiaba.

En esta segunda noche a la orilla de la alberca de agua caliente proveniente del manantial sí había otros turistas que decidieron acampar. Ellos se encontraban unos cincuenta metros arriba, bajo los nogales que ya mostraban grandes racimos de nueces que seguramente se cosecharán durante el mes de noviembre.

A pesar de que ya habíamos instalado la casa de campaña para disponernos a dormir, decidimos antes tender unas cobijas a un lado de la alberca, donde nos acostamos abrazados boca arriba para disfrutar de los placeres de la oscuridad a la intemperie.

Las estrellas en el horizonte del cielo, las luciérnagas merodeando por doquier, el sonido del agua corriendo arroyo abajo y el olor a humedad que escurría de los árboles llenaban los sentidos y nos ocasionaban una increíble sensación de tranquilidad y paz tal que nuestros besos apasionados parecían conectarse con la naturaleza para lograr uno de esos muchos momentos sublimes que sólo logran los enamorados.

-Esta noche me toca a mí –dijo mi reinita refiriéndose a que ahora ella tendría sus orgasmos boca arriba, para contemplar el universo justo en el momento de llegar al clímax, a lo que yo accedí gustoso.

Mientras ella contemplaba las estrellas que salpicaban el cielo despejado y la luna avanzando sobre la cúpula del amor en las alturas yo me dediqué a besar y a chuparle los dedos de los pies uno a uno. Luego recorrí desde los pies a la cabeza, sin discriminar un sólo centímetro de su piel, todo su cuerpo con mi lengua.

El reflejo de la luz de la luna sobre el rostro de mi dama me inspiraba a tratarla con tanta ternura cual si acariciara a una virgen coronada en el paraíso y aproveché para colmarla de atenciones y hacerle saber con mis caricias que la amo y deseo estar con ella para siempre.

Extasiada por el placer de las caricias y el paisaje nocturno tan romántico que ella tenía encima me pidió que me encimara también sobre ella para que la noche fuera perfecta. Así que en la ya famosa posición del misionero descargué todas las ansias contenidas por tanto tiempo de ayuno sexual que la vida me había hecho sufrir en los últimos años.

Esa noche quería acabármela, pero no me la andaba acabando por tanto amor brindado y recibido. La vastedad del universo, que parecía bendecirnos por la plenitud de nuestra entrega, fue testigo mudo de lo que a la intemperie sucedía.

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Atentamente
"Siempre intento, aunque no siempre puedo"
El conejo impotente
Paulino Arreola
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