-Noche 15. Domingo 24 de agosto de 2008.
La fina arena del desierto de Samalayuca se empecinaba en introducirse por todos los poros de nuestra piel desnuda cuando nos revolcamos aquella noche de camino de regreso a ciudad Juárez procedentes de Casas Grandes.
Conducía yo por la autopista Chihuahua-Juárez cuando al pasar por el área de los médanos de Samalayuca cerca del atardecer se me ocurrió parar a descansar un poco, pues había manejado cerca de tres horas después de una noche de pasión bajo la bóveda celeste.
Estacioné mi camioneta a la orilla de la carretera y tomé la mano de mi compañera de viaje para caminar rumbo a las lomas de arena blanca que reflejaba aún los últimos rayos de sol que en el horizonte se abalanzaban rumbo al otro extremo del paisaje.
Tan pronto entramos en el área de aquella belleza blanca buscamos una hondonada que cubriera a aquella pareja de locos enamorados a quienes no les importaba caminar desnudos siempre que tenían la oportunidad de hacerlo.
Las huellas de nuestros pasos se fueron alejando cada vez más de la carretera y nos introdujimos a un mundo hasta entonces desconocido para ambos. La fina arena se pegaba a nuestros pies y los contagiaba de la tibieza que durante el día había acumulado el desierto.
Nos tendimos boca arriba sobre la arena para esperar a que las estrellas hicieran su aparición en el cielo y mientras tanto jugamos a hacer angelitos en la arena al extender brazos y piernas hacia arriba y hacia abajo.
Nos abrazamos desnudos permitiendo que los pequeños granos de arena nos impregnaran la piel mientras rodábamos loma abajo trenzados por nuestro amor. Nos besamos apasionadamente durante mucho tiempo y nos acariciamos todo el cuerpo sintiendo crecer la excitación exponencialmente.
La arena sobre la que estábamos tendidos empezó a tomar la forma de nuestros cuerpos uno encima del otro y a hundirse como para formar una barca que nos transportara hasta el otro lado del mar de arena.
El aparecer de la luna sobre el horizonte fue como la señal del cielo que estábamos esperando para copular a satisfacción, sintiendo la libertad que el hombre prehistórico debió dar por hecho, pero que en la actualidad ni siquiera hemos comprendido a cabalidad la seguridad que se obtiene y la libertad que se recupera por tan sólo andar desnudos a la intemperie.
Pensaba yo mientras tanto en lo que la gente pudiera decir si tan sólo alguien tuviese el atrevimiento de pasear desnudo por las calles de la ciudad. Seguramente sería tomado como un loco, candidato automático para ser internado en un hospital siquiátrico.
Debe ser muy emocionante ir al centro de la ciudad, caminar desnudos por enfrente de catedral, recorrer la avenida Juárez y pasar por enfrente del puente internacional para que los viajeros que van y vienen vean que para caminar desnudos no se requiere pasaporte ni credencial de identidad.
Es especial y muy diferente hacer el amor sobre la arena, sea de la playa o de los médanos de Samalayuca, pues los granos de arena se te introducen por todos los poros de la piel y, de plano, por todos los orificios. Si es por la boca pues simplemente escupes sobre el sexo de tu pareja y continúas tu ritual y ya está, pero cuando la vagina se impregna de la fina arena se ocasiona una extraña fricción que ni a ella, ni al pene le sabe bien. Se ocasiona un roce que va justo entre el placer y el dolor. Pero bueno, ya antes comentaba yo de la línea tan delgada que hay entre el dolor y el placer, entre el norte y el sur, entre el cielo y la tierra, entre el infierno y el paraíso.
El hombre ha acabado por aprender a disfrutar la bien merecida expulsión del paraíso y ha decidido gozar lo que puede de este infierno en el que vivimos.
El orgasmo fue también especial, porque la intensidad de la fricción debido a la arena se llega a acrecentar hasta lograr un éxtasis doloroso y placentero, sublime pues.
"Polvo eres y en polvo te convertirás", así que no se debe dejar para otra vida esa extraordinaria experiencia de andar desnudo por la vida y hacer el amor en donde se pueda y se desee, incluso en la arena de Samalayuca, en donde el esperma queda como tributo y semilla para la tierra que te ha visto nacer.
Noche anterior ------------------ Noche siguiente.
Atentamente
"Siempre intento, aunque no siempre puedo"
El conejo impotente
Paulino Arreola
Para ideas, sugerencias o comentarios respecto a esta ocurrencia, envíame un correo a: escribe@paulinoarreola.com

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada