Fingir es el arte de actuar convincentemente y disfrutar el proceso hasta el final. Fingir que se finge es el grado máximo de aberración. Se puede fingir el placer y gozar con eso, pero cuando se finge el no placer es deliciosamente erótico y se logra una especie de éxtasis diabólicamente divino.
Cuando la relación entre dos personas no va caminando apropiadamente, usualmente uno de los dos cae en la innecesaria tentación de fingir lo que no es, para no molestar a la pareja. Así, pretender se convierte en un acto de bondad que daña más a quien se intenta proteger, y en un acto de maldad hacia aquella relación que debiera ser de confianza y comprensión, más que de engaños y pretensiones estériles.
Mi lengua avanzaba inquieta por todos los rincones del cuerpo de mi reinita. Besaba y chupaba delicadamente cada poro de su piel con la ternura que se besa al bebé recién nacido y ella suspiraba y jadeaba conforme el placer alcanzaba niveles de intensidad no controlables.
Finge -supliqué a mi reinita,- que no sientes placer, que todo esto te es indiferente, para explorar hasta que punto una mujer puede negarse conscientemente al placer que las caricias del ser amado le prodiga abundantemente.
Después que ambos entendimos a cabalidad lo que pretendíamos con el experimento en el que yo daba placer pero ella pretendía no gozarlo, nos dispusimos a ejecutar esa experiencia que sería inolvidable por los resultados tan sorprendentes.
Mientras las caricias se expandían por toda la geografía de mi hermosa dama, ella reposaba desnuda sobre las sábanas nuevas de nuestra cama con una expresión de aburrimiento, con los ojos abiertos y una mirada de resignación que a cualquier amante que se precie de ser bueno en la cama hubiese desesperado.
Boca arriba, ella recibía los embates de mi lengua y las discretas mordidas que mis afilados dientes se atrevían a expresar en aras de ocasionarle tanto un delicado placer como un estimulante y tierno dolor.
Su cuello fue testigo de los besos que por horas le prodigué a sus orejas, a sus mejillas rosadas y a sus labios carnosos y húmedos mientas ella aprendía a contener la respiración, a llevar al mínimo los latidos de su corazón, a pensar, quizás, que se encontraba en su empleo realizando actividades monótonas y mecánicamente ensayadas para soportar nueve horas de agonía laboral.
De tanto besar, mis labios se habían puesto más gruesos que de costumbre. Mi respiración se hacía cada vez más acelerada, ocasionando que mi aliento se vaciara entre tibio y caliente en cada poro de su piel.
Ella seguía tendida sobre la cama, luchando con sus sentidos para aprender a prohibirles que realicen todo lo que saben hacer. Ni un gemido se le escuchaba externar, ni siquiera una sonrisa maliciosa que se le escapara me daba pistas de que ella estuviese gozando aquel momento de ser acariciada de pies a cabeza, de cuerpo a alma, pero yo seguía empeñado en vencer sus barreras, esperando el momento en que ella se rindiera y lanzara gemidos o gritos de placer a causa de tanta estimulación a todas y cada una de sus zonas erógenas.
Regularmente, cuando las circunstancias obligan a apoyar la relación con estimulación mental, tanto el hombre como la mujer tienden a pensar todo tipo de cosas que les exciten. Se imagina la persona todas las cosas bellas que producen placer, personas, cosas, lugares, situaciones. Se inventa pues en la imaginación todo tipo de situaciones que ayuden a estimularse, a excitarse.
Sin embargo, cuando el juego es pretender que no se siente placer, aquello no aplica. Se tiene que inventar e imaginar todo tipo de situaciones no eróticas, no placenteras, no agradables.
Su cuerpo estaba invadido de huellas que mi lengua y mis labios habían dejado a su paso, mi cuerpo estaba exhausto de tanto placer que se obtiene al acariciar una piel tan suave que todo se desliza inexorablemente hacia las zonas más íntimas del cuerpo de una dama.
Ella pretendía no sentir placer. Yo no estaba en ese juego, sino en el de tratar de darle la máxima complacencia que mis labios y lengua eran capaces de brindar. Por años había besado, por años había sido besada ella, pero jamás nadie soportó tanto tiempo de mis caricias sin excitarse hasta casi explotar por el placer tan intenso que no es posible ocultar.
En el teatro se han sucedido muchas escenas en las que se fingen orgasmos escandalosos o discretos, apasionados o tiernos, pero jamás un actor ha confesado cuántas veces ha tenido que fingir el no placer.
Mi reinita pretendió ocultar lo delicioso que es sentir tanto placer en su piel y acabó quedándose dormida con una sonrisa de gozo que ni Morfeo podía ayudarle a disimular. Yo gocé como loco cada centímetro de su desnudez, sin prisa y acabé, sin tener una eyaculación, con lágrimas en los ojos corriendo por todo mi rostro mientras disfrutaba un éxtasis jamás antes experimentado.
El éxtasis no tiene explicación ni palabras ni señas; tampoco está entre lo divino y lo diabólico, simplemente es el éxtasis.
Noche anterior ------------------ Noche siguiente.
Atentamente
"Siempre intento, aunque no siempre puedo"
El conejo impotente
Paulino Arreola
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