Noche 21. Sábado 30 de agosto de 2008.
Una recámara con cuatro velas y una cama formando el pentágono que representa la naturaleza alimentando la lucha de la tierra contra el cielo, del infierno contra el paraíso, fue el escenario en donde nos amamos una vez más al intentar otra de las oportunidades de encontrar la encrucijada entre la rutina y la novedad, entre el matrimonio y el amor. La suma de fuego, hielo, aire y tierra da como resultado el quinto elemento que es el amor representado por una pareja de seres humanos en agonía extática.
El jarabe con sabor a chocolate fue untado por todo mi cuerpo, de la espalda al frente, de arriba hacia abajo, de pies a cabeza, para lograr esa apariencia de hombre empanizado que toda mujer apetece saborear por lo menos una vez en la vida ya no como postre sino como plato fuerte. Simultáneamente yo me degusté también un postre de mujer de vainilla “a la sábana”.
Ella con sabor a vainilla y yo a chocolate nos lamimos y chupamos el uno al otro hasta saciarnos el hambre y la sed de bebernos cada gota de sudor de la pasión adulterada por esa extraña pero deliciosa combinación que se logra mezclando un poco de sudor de vagina y pene con sabor a chocolate y vainilla.
No hay en la vida beso más sabroso que aquel que se receta en la boca del ser querido después de que éste ha besado previamente los genitales de la pareja. Es la prueba máxima de pertenencia que un hombre y una mujer pueden manifestarse en la intimidad. Hay besos tiernos y apasionados en el amor, pero aquel beso es casi un poco menos que el probar las mieles del beso divino en la erección del falo santo.
Después de una larga jornada nocturna de intentar engullirnos simultáneamente sin lograr más que unos cuantos orgasmos al vapor y trémulas manifestaciones de amor, decidimos purificar nuestra unión y nos bañamos el uno al otro usando cubos de hielo en vez de agua bendita, y lenguas candentes en vez de cirios.
Hilos de agua helada perseguida acosadoramente por lenguas zigzagueantes por todos los rincones de nuestros cuerpos acabaron llevándonos al extremo opuesto de la pasión candorosa. Nos derretimos el uno al otro con besos dulces y luego el hielo se derritió al tocar nuestra piel calentada por latigazos de lengua malévola cocinada a “baño Reinita”.
Sobre el piso de la habitación, tendimos nuestros cuerpos uno encima del otro, ella arriba y yo abajo, para que junto con las cuatro veladoras pudiésemos completar el pentágono del amor cuyo único objeto es ofrendar al universo un orgasmo simultáneo para semilla y fruto del amor y como prueba de reverencia e idolatría hacia lo más sagrado que puede haber en una pareja que se amará por siempre.
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Atentamente
"Siempre intento, aunque no siempre puedo"
El conejo impotente
PAULINO ARREOLA ARREOLA
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