Nunca será tu primera vez hasta que suceda el milagro de que encuentres una boca que te dé tanto placer y tanta felicidad como la que yo encontré para mí.
Delicadamente, ella introdujo el pulgar de mi pie derecho en su boca, lamió, chupó y mordió. Hizo lo mismo con el izquierdo. Luego continuó con los dedos restantes de mi pie derecho. Después, ella repitió el ritual con mi pie izquierdo. Introdujo, lamió, chupó y mordió. Y cuando estuvo satisfecha se desvivió visitando todo mi cuerpo como turista extranjero en el mes de la patria.
Ella hizo todo lo anterior, y más, con su boca. Esa boca que, tibia y húmeda, me da placer cuando me acaricia, cuando me besa, cuando me chupa, cuando me lame, cuando me muerde. Esa boca que recorre todo mi cuerpo sin intenciones de hacer parada ni de arraigarse en ningún punto del horizonte de mi humanidad. Esa boca cuyos labios susurran y cantan, aprietan y aflojan, besan y muerden.
La boca que besó los labios del que esto escribe habla maravillas de mi cuerpo, porque lo ha saboreado, lo ha mordido; lo ha lamido, lo ha chupado hasta más allá de los límites del cansancio y de la saciedad. La boca que anoche fue dueña de esta piel ha sido feliz porque llegó al entendimiento de que está hecha para mí.
Una boca me besó anoche y logró que mi piel se estremeciera incontrolable sobre las sábanas que fueron mudos testigos de las maravillas que una lengua puede hacer cuando se concentra en el prepucio y en el occipucio, en el lóbulo y en el párpado, en las bragaduras y en las comisuras.
Esa boca sí existe. Lo sé porque anoche susurró a mis oídos la canción del amor y de la pasión. Existe porque al amanecer encontré mi piel más feliz y mis labios más gruesos. La boca perfecta existe porque las imperfecciones de mi cuerpo sintieron el paso de una lengua conquistadora y de unos dientes cariñosos que surcaron de norte a sur y de este a oeste cada poro en que pudieron sembrar su semilla erotizada y pasional.
Oh boca depravada y santa, inocente y prostituta, adúltera y virgen, ábrete para que yo entre, ciérrate para que todo apriete. Ríete para que yo te llore, llórame para que yo te goce. Háblame para que me embrujes; alábame para que me derrotes; cántame para que me embeleses. Pero sobre todo, ámame todas las noches para que yo jamás olvide que eres la boca que amo, y la boca que me ama.
Noche anterior ------------------ Noche siguiente.
Atentamente
"Siempre intento, aunque no siempre puedo"
El conejo impotente
PAULINO ARREOLA ARREOLA
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