Lograr un orgasmo simultáneo es espléndido, y si la esposa y el marido están juntos en el momento del clímax, es mágico.
A pesar de ser sábado por la noche, el hospital general estaba invadido por una gran cantidad de pacientes que caminaban de un extremo al otro por todos los pasillos de la institución y los médicos y las enfermeras deambulaban organizadamente para realizar su labor cual hormigas comunistas. Muchos familiares de los enfermos se encontraban también por doquier como si se estuviese llevando a cabo una fiesta patronal del panal de la colonia.
Una enfermera de esas que parece que jamás le ha dolido nada pero que a cualquiera de sus pacientes le encantaría recibir algo de su atención personalizada caminaba rumbo a la salida del hospital cuando yo entré. Abrí la puerta para darle paso y ella me miró a los ojos, como si me conociera de tiempo atrás. Entonces fue que la reconocí. Y ella no me conocía de atrás, sino de enfrente; precisamente porque era ella quien había auxiliado al médico que me realizó la vasectomía en otro hospital de la localidad el año anterior.
Inmediatamente nos reconocimos la enfermera y el que esto recuerda, porque en aquella ocasión, y como pre-requisito para ser intervenido quirúrgicamente de tal asunto, había yo de masturbarme diez veces, o más, hasta que de plano no quedaran rastros de semen en mi cuerpo, como si se tratara del holocausto de los espermatozoides asistidos por la mano aria. O sea, peor que la extracción de sangre, acá no era el vampiro que te deja seco por chuparte la sangre, acá debías auto-exprimirte hasta que todo te saliera por el pene y no dejar ni rastro de esperma en los conductos.
Debido a la obligada extracción hasta secar la semilla, ella había tenido en esa ocasión que soportar mis insistentes miradas de lascivia y peladez, pues yo no encontraba inspiración para empresa tan sádica y esforzada, sobre todo de la 5ª a la 10º “chaqueta,” o “puñeta”, como dicen los muchachos de ahora. Por lo que hube de utilizar a la heredera de los principios de Florence Nightingale como objeto de mi inspiración para logar erecciones consecutivas, las primeras con vigor y las últimas con dolor. Como dijo el doctor cuando terminó la operación y se disponía a marcharse para realizar otra cirugía: “parto con dolor,” así me pasó exactamente en cada erección y en cada eyaculación que obtuve aquel día, partí con dolor hacia rumbos hasta ese momento desconocidos para mí a pesar de haber practicado bastante tal acción desde mis años mozos hasta mis noches de soledad lejos de casa.
-¿La acompaño? -Le pregunté en cuanto cruzó el umbral de la puerta del hospital para dirigirse a su casa. Ella lo pensó un momento recordando quizás que yo tengo pareja y que estoy muy enamorado, pero cuando le volvía a lanzar mi mirada de paciente vasectomiado sonrió y aceptó que la condujera a su casa en mi automóvil.
En el trayecto platicamos de cosas que usualmente no platican una enfermera y un ex paciente, por lo que cuando ella descendió en la banqueta frente a su casa, antes de encaminarse hacia la puerta, volvió la cabeza y me agradeció la dejada y con una mirada de borrego a medio morir me preguntó si deseaba entrar a tomar una tacita de café. A lo que yo, con una sonrisa estéril en el rostro acepté sin dudar un solo instante por la posibilidad de hacer realidad lo que en mis fantasías con ella me había costado tanto esfuerzo, pues a la mano cansa y al muñeco le cala la fricción esquizofrénica preoperatoria.
Total que ya dentro de la cama la calentura de nuestra desnudez revivió las diez chaquetas cual si ella me fuera a cortar algún otro conducto potencialmente ocasionador de oportunidades para acrecentar la raza humana con chilpayatitos con cara de conejo estéril. Exprimió y succionó de diversas maneras hasta que se aseguró que no había más líquidos en mis conductos para ni siquiera mojar las sábanas.
A diferencia de las diez “manuelas” previas a la cirugía, el ser exprimido por una mujer da para intentar el record de llegar a la docena diaria. Lo cual estuvimos casi a punto de lograr, si no fuera porque ella padecía ese día de una fuerte jaqueca y las pastillas no actuaron con suficiente prontitud, por lo que debí regresarla al trabajo esa noche porque ella debía asistir a su doctor en una cirugía “menor” a un catedrático del Centro Chihuahuense de Estudios de Posgrado.
Es “algo del cerebro,” me habría dicho después mi reinita, quien durante años soñó con ser enfermera, pero que las circunstancias de la vida le habían conducido a convertirse en una modelo exitosa.
Noche anterior ------------------ Noche siguiente.
Atentamente
"Siempre intento, aunque no siempre puedo"
El conejo impotente
PAULINO ARREOLA ARREOLA
Para ideas, sugerencias o comentarios respecto a esta ocurrencia, envíame un correo a: escribe@paulinoarreola.com

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada