martes 7 de octubre de 2008

Noche 29 de 365 noches de sexo

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-Noche 29. Domingo 7 de septiembre de 2008.


Así como la montaña y el colibrí de Alberto Blanco, mi reinita y yo nos amamos con tal vehemencia que no hubo necesidad de cambiar de posición para que nuestras explosiones produjeran el hongo del mundo.

¿Le puedo ayudar? le pregunté a la hermosa doncella cuando me detuve al ver que su automóvil estaba aparcado a la orilla del camino.

Ella asintió con una sonrisa inocente y temerosa, pues la iluminación en esa área del Camino Real no es la más adecuada y ella temía por su seguridad. Había intentado llamar varias veces a su compañía aseguradora y a su esposo, pero la grabación del celular siempre contestaba que se encontraba fuera del área de servicio y luego se cortaba la comunicación, pues al parecer también su batería del celular estaba abaja.

Aunque no soy mecánico, traté durante unos minutos de encontrar el motivo del desperfecto sin éxito, por lo que terminé por preguntarle si deseaba que la llevara en mi automóvil a algún lugar desde donde pudiera llamar y ver si alguien le ayudaba con su automóvil.

Al verse ante la inminente posibilidad de quedarse sola en la oscuridad de aquel peligroso y poco transitado periférico, sobre todo después de los desgajamientos de cerro a causa de las lluvias de principio del mes y de los ejecutados aparecidos a orillas de la carretera, decidió aceptar mi ofrecimiento.

Camino a casa, nos fuimos cogiendo confianza y ella me platicó a grandes rasgos los muchos sufrimientos que últimamente había estado experimentando a causa de los múltiples problemas por la inseguridad de su celoso marido, por lo que en el momento menos esperado empezó a sollozar y a lamentarse de cómo a pesar de ser ella una modelo exitosa que recientemente había sido contratada por una compañía patrocinadora del club Indios de Juárez no experimentaba satisfacción en su matrimonio.

Casi al llegar a nuestro destino me detuve en una gasolinera a cargar combustible y aproveché para comprar una botella de agua en el negocio contiguo para que se pudiese remojar los labios y la garganta y despejar un poco de la mucha angustia que las penas propias de casi todos los matrimonios y de la mayoría de los automóviles conllevan.

A la vuelta de casa, ella me pidió que me detuviese un momento antes de dejarla. Al parecer, su marido estaba por llegar y ella temía que la fuese a regañar y a amonestar por haberse tomado la libertad de permitir que un extraño la condujera a casa a esas horas de la noche.

Traté de darle ánimos y de convencerla que no era su culpa que el celular y el automóvil le hubiesen fallado, pero ella insistía en que tenía miedo llegar a casa y no acertaba a decidir qué hacer a pesar de que yo trataba de calmarla y le repetí en muchas ocasiones que su marido no debía controlar a tal grado su vida hasta el punto de ni siquiera permitir que alguien la llevase a casa a pesar que la lluvia ya había empezado a caer por toda la ciudad. Ella hubiese preferido quedarse en el interior de su automóvil hasta que su marido llegara para no causarle molestias, así que ahora no sabía exactamente qué hacer.

En un momento inesperado para mí, me preguntó que qué podría hacer para agradecerme el favor de haberla recogido en la carretera y haberla llevado tan amablemente a casa. Nunca he conocido a una persona tan agradable y tan bondadosa como usted, me dijo.

¿Cómo puedo agradecerle que sea usted tan cortés y caballeroso conmigo sin siquiera conocerme?, me dijo en varias ocasiones a pesar de que yo insistía en que si a mí me había tocado ayudarla en esa penosa situación, ella debería tratar de hacerle un favor a alguien si algún día tenía la oportunidad de hacerlo, aunque fuese a un extraño.

Hay que hacer el bien sin mirar a quién, le dije, y agregué que no se preocupara, que le había ayudado con gusto y que ella debía hacer igual cuando tuviese la oportunidad.

Después de mucha insistencia de su parte en que debía agradecerme de algún modo el favor, y a pesar de que me resistí para no aprovecharme de la situación, terminé por aceptar que se me entregara en el asiento posterior de mi camioneta.

La lluvia caía como si las nubes estuviesen abortando el cielo y las calles parecían ya haberse convertido en arroyos extraviados y temerosos de no poder encontrar el cauce que los condujera al río que los llevaría eventualmente al mar. Los vidrios se empañaron por el calor que nuestros cuerpos sudorosos y jadeantes expulsaban por todos los poros de la piel. El ruido del arroyo bajo las llantas de mi camioneta hacía que nuestros gemidos se perdieran y el vaivén de la camioneta parecía ir al ritmo de la lluvia. El golpeteo de las gotas de agua sobre el techo de la camioneta ocultó los gritos de placer que la modelo de televisión producía por el intenso placer que el amor prohibido e inesperado nos ocasionaba.

Tan pronto hubimos terminado la faena amatoria encendí el motor de mi camioneta y conduje alrededor de la manzana hasta el lugar que ella me indicó. Descendió justo en la banqueta de enfrente y le permití que utilizara mi paraguas para cruzar la calle y entrara a casa. Entonces me deshice del condón usado depositándolo en un bote grande de basura que usualmente está en la banqueta de la casa y me acomodé la ropa lo mejor que pude para que ninguna arruga o mancha en mi traje delatara la aventura que una hermosa dama me había regalado como agradecimiento por ser un buen ciudadano.

“Hay veces que nada el pato y otras que ni agua bebe” dice el dicho. Y aquella noche había llovido tanto que el pato bebió la belleza de una modelo de televisión a quien le había tocado un marido tan mediocre que en lugar de apreciar su belleza y estimularla le ocasionaba constantes daños a su autoestima, produciendo paulatinamente una muerte lenta, más lenta que la de los ejecutados del Camino Real.

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Atentamente
"Siempre intento, aunque no siempre puedo"
El conejo impotente
PAULINO ARREOLA ARREOLA

Para ideas, sugerencias o comentarios respecto a esta ocurrencia, envíame un correo a: escribe@paulinoarreola.com

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1 comentarios:

Liza Di Georgina dijo...

Saludos Paulino, ¿qué pasó con las demás noches? :P