domingo 31 de agosto de 2008

Noche 12 de 365 noches de sexo

Noche 12. Jueves 21 de agosto de 2008.

A primera vista me gustó, pero realmente no me enamoré de ella sino hasta la primera ocasión en que la miré vestida.

Tuvimos varias citas, usualmente a la salida de su trabajo o del mío. Su uniforme con pantalones holgados y una bata gruesa y larga no le permitía lucir a plenitud todos los atributos de una mujer que fue porrista en la prepa y en la universidad, luego maestra de aerobics y que a base de años de disciplina en el gimnasio había logrado pulir su cuerpo de tal manera que se convirtió en una hembra de esas que paran el tráfico en el centro de cualquier ciudad del mundo durante la hora pico.

La fiesta empezó cerca de las seis de la tarde, pero nosotros arribamos alrededor de las 9 de la noche. Habíamos sido invitados a una convivencia organizada por mis compañeros de trabajo para festejar el cumpleaños de una de ellas.

Aquella noche, mi dama lució por primera vez ante mí un traje de fiesta, ya no su acostumbrado e incómodo uniforme de trabajo que, según me comentó posteriormente, utilizaba para no provocar asedio y tanto acoso de sus compañeros de trabajo y de sus empleados.

Entallada en un vestido negro que le hacía resaltar la silueta ideal que todo hombre ha deseado alguna vez en su vida estrechar entre sus brazos, ella caminó tomada de mi brazo hasta cruzar la amplia sala de la casa de nuestros anfitriones. Tomamos asiento después de las acostumbradas presentaciones y nos integramos a la charla mientras bebíamos tequila y cerveza para acompañar los tradicionales tacos de barbacoa.

A cierta hora de la noche, el anfitrión invitó a todos amablemente a pasar al patio trasero de la casa, en donde había un amplio espacio con piso de cemento y en un rincón el aparato de sonido ya tocaba melodías, por lo que inmediatamente se hicieron parejas para ocupar el centro de la pista para disponerse a bailar.

Después de la media noche la música se había tornado romántica e incitadora, especialmente para las parejas de enamorados que ya para esa hora nos abrazábamos y besábamos al compás de las melodías de Roberto Carlos, Napoleón y José Luis Perales.

Las caricias que mi dama me permitía prodigarle en público se fueron haciendo cada vez más apasionadas y acabó por no importarnos lo que los no bailadores pensaran o cuchichearan desde sus asientos. Sin perder el ritmo de la seducción, yo aprovechaba para besar el cuello de mi reinita mientras la envolvía con mis brazos apretándola cada vez más. Ella se paraba sobre la punta de los pies para alcanzar a besarme las orejas y meter su lengua casi hasta tocar mi cerebro enrarecido por la necesidad de sexo urgente.

Hubo un momento, sin embargo, en que mi amigo Erick, el anfitrión de la fiesta susurró al oído de su pareja algo que a mí me pareció que decía “get a room.” Así que, no comprendiendo a cabalidad si aquel comentario era una invitación formal de un buen anfitrión o de plano una crítica, sigilosamente me escurrí en compañía de mi reinita hacia una de las habitaciones más alejadas de la casa.

Tan pronto entramos a una habitación, mi mujer y yo nos tendimos sobre la cama y nos fuimos quitando la ropa lo más rápido que pudimos sin importarnos lo que estuviese sucediendo a esas horas en el mundo. Que si hubo sismos o guerras, aviones que se cayeron o ríos desbordados no nos importó. Sólo deseábamos estar a solas con nuestro amor y nuestras calenturas que para esa hora ya desbordaban las pocas inhibiciones que una pareja de enamorados puede soportar.

Desnudos sobre el lecho ajeno sólo escuchábamos el eco de la música en el patio trasero y ocasionalmente la voz de los que cantaban aprovechando el karaoke que se había instalado junto al aparato de sonido.

Los besos apasionados en la boca y en todo el cuerpo no opacaban los ruidos generados por nuestros escandalosos gemidos conforme nos acercábamos más al clímax de aquella relación en un lecho prohibido. No dejamos rincón de nuestros cuerpos sin besos y tampoco permitimos que un centímetro de aquella habitación quedara sin impregnarse del olor de nuestros cuerpos jadeantes y sudorosos después de prodigarnos todas las caricias que pudimos experimentar antes de que los demás asistentes a la fiesta empezaran a echarnos de menos.

De pronto, la puerta se abrió sin que tuviésemos tiempo de cubrir la desnudez de nuestros cuerpos con alguna manta. De pie, en el umbral de la puerta, la silueta de mi amigo Erick se dibujó gracias a la luz del pasillo que daba de lleno en su espalda. Nosotros, en la penumbra, continuamos sin interrumpir un segundo lo que estábamos haciendo cuando después de una fracción de segundo Erick se despidió diciendo simplemente “Disculpe papá”, pues nos había confundido con sus padres, que ese día estaban también de visita para acompañar a la festejada.

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El conejo impotente
Paulino Arreola
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jueves 28 de agosto de 2008

Los niños del basurero: memoria de infancia

*Viernes 29 de agosto de 2008.

Evento: Presentación del libro: Los niños del basurero: memoria de infancia.

Autor: Paulino Arreola Arreola.

Lugar: Centro de Actualización del Magisterio de ciudad Juárez (CAMJ), Ciudad Juárez, Chihuahua.

Hora: 11:30 de la mañana.

Invita: Centro de Actualización del Magisterio de ciudad Juárez (CAMJ) dentro del marco de la Feria del Apoyo Pedagógico del CAMJ.

Comentaristas: José Espinoza Medina y Mary Ontiveros.

Actuación especial del declamador Walberto Mendoza “El Bardo de México”.
Entrada libre.

martes 26 de agosto de 2008

Noche 11 de 365 noches de sexo

Noche 11. Miércoles 20 de agosto de 2008.

La calle libertad y la avenida libertinaje hacen esquina, se cruzan en el centro de la ciudad, en la colonia libre albedrío. Es decisión personal tomar la calle o la avenida, ya al oriente ya al poniente, ya hacia arriba ya hacia abajo, pero todas las vías llegan y salen del corazón… de la ciudad.

Anoche, antes de regresar a casa, pasé por la farmacia de la colonia y adquirí algunos condones de colores perfumados con olor a frutas, compré además una pastilla de viagra de 50 miligramos. Jamás había consumido dicha pastilla ni ningún otro medicamento o remedio para lograr una mejor erección, así que tenía ciertos temores y dudas respecto a posibles efectos secundarios, o colaterales. La curiosidad y la necesidad fueron más poderosas que las dudas, y por el intenso placer experimentado esa noche considero que valió la pena tomar el riesgo, pues mi pareja y yo fuimos intensamente felices disfrutando de nuestros cuerpos, cogiéndonos cariño y gozando de nuestro amor apasionadamente.

Jamás mi erección se había prolongado por tanto tiempo como anoche, así que mi reinita y yo aprovechamos para practicar más posiciones que de costumbre. Creo que utilizamos una gran variedad de maneras de tener sexo, quizás más que las que conocíamos.

Como no llegaba yo al clímax y mi erección se mantenía más allá de lo acostumbrado, ella logró más de tres orgasmos consecutivos, los que gozamos y festejamos con más besos y caricias, con más palabras de amor y de compromiso con nuestro futuro en pareja.

El misionero, el sesenta y nueve, el perrito y otras posiciones ya conocidas fueron mero trámite. “Sexo en exceso” sería el nombre más adecuado si tuviese que bautizarse la noche de anoche. Usamos varios condones de colores llamativos con olor a fresa, a uva y a manzana. El sexo anal no faltó y no fue ni menos ni más, simplemente fue.

Sostener indefinidamente una erección para realizar tal variedad de posiciones y darnos tantos besos y caricias fue como un regalo por el cumpleaños adelantado que las parejas acostumbran festejar de diversas maneras. No hubo serenata ni flores, pero hubo palabras y caricias y sexo y más sexo hasta que nos dolió el sexo y acabamos por quedarnos dormidos, exhaustos.

Casi al amanecer, el efecto de la pastilla aún no había cesado y mi pene erguido me despertó cuando la sábana empezó a elevarse amenazadora como volcán a punto de expulsar toda la lava hirviendo que se había quedado atrapada en el fondo de los abismos de mis maliciosos antojos animales. Así que nos echamos el matutino del autista cuyo comportamiento es repetitivo y prolongado y nuevamente paramos sólo cuando ya estábamos exhaustos y mi volcán había dado a luz por enésima vez. Luego nos quedamos dormidos otra vez hasta cerca de las siete de la mañana.

-Buenos días, -dije mientras besaba en la boca a mi compañera en el camino de la vida.

-Ella despertó aún con la sonrisa en sus labios y con una expresión de felicidad tal que sólo acertó a sonreír embelesada y a decir una vez más: “te amo.”

Luego se quedó dormida nuevamente y así la dejé cuando me marché para el trabajo pensando si compraba limones para chuparlos antes de entrar a mi oficina o de plano me arriesgaba a que mis compañeros descubrieran por mi expresión la felicidad que irradiaba y me desbordaba por todos los poros de la piel.

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Noche 10 de 365 noches de sexo

Noche 10. Martes 19 de agosto de 2008.

La vela se consume lentamente pero tus lágrimas indican que el pasado sigue iluminando tu presente y que aún no has acabado de encender el futuro.

-Aún no te conozco plenamente, -le dije a mi reinita,- hay cosas de tu cuerpo y de tus pensamientos que no imagino siquiera que existen y de cómo funcionan.

Luego decidimos juntos empezar por los básicos. Comprendimos que en el sexo es muy importante la comunicación, hablar y expresar lo que se siente, lo que se piensa, lo que se desea. Así que para iniciar, coincidimos, lo mejor es decirnos cómo y de qué manera nos gusta estimularnos y que nos estimulen para llegar al orgasmo con más satisfacción y con mejores resultados.

Encendí la luz de la recámara después que nos hubimos bañado, desnudos y dispuestos a experimentar una más de las 365 noches de sexo que nos habíamos propuesto para celebrar nuestro reciente matrimonio.

Encendí tres varitas de incienso de diferentes aromas, dos velas de color azul y puse algo de música romántica para escuchar mientras platicábamos y experimentábamos con nuestros cuerpos.

Tomé una silla de la recámara y la puse justo enfrente de nuestro lecho matrimonial, yo sentado en la silla y ella recostada sobre almohadones en el centro de la cama.

La luz de aquella esquina de la habitación daba justo sobre los pechos y el abdomen de mi dama, ocasionando que su cuerpo moreno y bien torneado reflejara toda la pasión que ella había acumulado por años.

Habíamos acordado que ella se masturbaría justo frente a mí para indicarme los movimientos exactos y la posición del cuerpo y de sus dedos, pues ella conociendo su cuerpo haría que yo siguiera el camino correcto, sin rodeos. Yo haría lo mismo frente a ella.

Para excitarse un poco antes de la masturbación, ella utilizó los dedos de sus manos para acariciarse suavemente los pezones, recostada sobre las sábanas blancas. Conforme su excitación avanzaba fue bajando lentamente su mano derecha hasta escalar su monte de Venus, pasando por su abdomen y haciendo una breve pero circular escala en su precioso y sugestivo ombligo.

Yo mientras tanto, había ya empezado a excitarme al contemplar tal espectáculo y para ese momento sostenía mi miembro un poco más duro y erguido entre ambas manos.

Gozamos muchos minutos de placer en la contemplación de una autosatisfacción mutua y simultánea, lo que nos llevó a conocer cómo cada uno de nosotros asciende en los niveles de excitación y va avanzando progresivamente rumbo al clímax de la manera más sana que una pareja puede hacerlo, en la intimidad de su recámara nupcial y con la complacencia de ambos.

Aprendimos el uno del otro la técnica más adecuada con la que cada cual, sin tabúes ni falsos pudores, logra llegar al clímax de los sentidos porque al conocer a la perfección su propio cuerpo cada movimiento y cada gemido fueron genuinos y expresados con tal libertad que permitió a la pareja gozar del placer del prójimo más amado.

¿Para qué describir su orgasmo y mi clímax?, si la eyaculación que me provoqué y la masturbación que ella se proveyó se sucedieron en presencia del ser más amado y con la seguridad de una entrega plena a enseñarnos el uno a otro y a aprender de quien mejor conoce su cuerpo.

Bendito el placer que se da y se recibe del ser amado.

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PAULINO ARREOLA ARREOLA

martes 19 de agosto de 2008

Noche 9 de 365 noches de sexo

Noche 9. Lunes 18 de agosto de 2008.

La mujer que ama será una prostituta en la cama y una dama en la mesa para enseñorearse del hombre que ella ha elegido y que a su vez la eligió como eterna compañera.

En el hogar, ella come del cuerpo de su marido y se alimentan el uno al otro con palabras, besos y caricias que llegan al centro del corazón y a la esquina más transparente del alma.

Aunque había aún muchas personas corriendo, caminando, ejercitando, después que nosotros trotamos cerca de cinco kilómetros, como hemos hecho por las últimas tres semanas, discretamente nos dirigimos hacia la parte trasera de las gradas del parque recreativo Revolución, que está justo enseguida de la escuela secundaria federal de Altavista.

En muchas ocasiones no es tan importante la posición o las maneras de tener sexo, sino el lugar en el que se lleve a cabo, como sucedió al anochecer de este día.

La adrenalina corre por todo el cuerpo de la pareja cuando se hace el amor a la intemperie en un lugar en el que hay peligro de ser visto, pues aunque uno se atreve a dichos riesgos no está planeando ser observado por otras personas. Sólo los desquiciados lo hacen sin importar si son observados, y de hecho, procuran que así suceda.

Es pues el peligro, el riesgo o la incertidumbre lo que, como en nuestro caso, ocasiona cierto placer extra a la relación sexual de dos personas que se aman y que lo hacen así solamente con la intención de procurarse novedad y no permitir que la pareja tropiece con la rutina y llegue a caer aparatosamente en una relación desastrosa.

Después de un “rapidito,” como se le conoce a las relaciones puramente sexuales en las que no interviene ningún grado de preparación previa, de arrumacos, de palabras tiernas, de cachondeo, nos vestimos tan rápido como nos habíamos desvestido y salimos de nuestro escondite detrás de las gradas y caminamos dos vueltas mas en derredor del campo de futbol antes de marcharnos a casa para hacer las cosas bien, como Dios manda.

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Noche 8 de 365 noches de sexo

Noche 8. Domingo 17 de agosto de 2008.

La tarde había sido familiar y la noche empezó más temprano que de costumbre. Después del acostumbrado baño antes de ir a dormir, nos tendimos desnudos sobre la cama para disponernos a descansar para esperar el amanecer de la nueva semana que pintaba con bastantes actividades laborales y familiares.

Para variar, decidimos que sería interesante dormir en un ambiente diferente. Así que se nos ocurrió que la combinación de luz y aromas sería algo que nos ayudaría a relajarnos mejor para descansar tranquilos y poder tener un sueño rejuvenecedor.

Algunas varitas de incienso se consumían en las cuatro esquinas de la recámara. Dos velas azules, una verde y una amarilla iluminaban la recámara nupcial. Sábanas nuevas y nuestros más apreciados perfumes aplicados a discreción en nuestros cuerpos llenaban el ambiente y todo junto pareció transportarnos a otra dimensión.

Tan pronto como nuestros cuerpos tocaron las sábanas nuestras manos y nuestros labios empezaron a hacer lo que mejor hacen cuando estamos en pareja, acariciarnos y darnos placer a diestra y siniestra. Cada noche comprobamos, sin proponérnoslo, que nuestro amor ha llegado a tan alto grado de comprensión que no requerimos de palabras para entendernos. Así que ella se tendió boca abajo y yo me puse encima de ella, apoyando cuidadosamente mis caderas sobre las suyas, pero soportando todo mi peso sobre mis rodillas.

Su espalda bronceada bajo la luz de las velas se impregnaba de los aromas del incienso y mis manos frotaban inicialmente cada centímetro de su esbelta figura, pero conforme nos acariciábamos, se me ocurrió experimentar cosas nuevas. Así que comencé a pasar mis labios por su cuello, pero sin tocarla, como si mis labios fuesen aeroplanos fumigadores que vuelan casi a ras de la parcela sembrada de ilusiones y sueños.

Sucedió que mis labios empezaron a hincharse por el placer de besar el aura de mi alma gemela. Pero de igual manera, mi mujer empezó a gemir pausada y quietamente, indicándome con eso que su placer era semejante, o quizás más intenso que el mío. Así que continué está técnica y recorrí el contorno de sus orejas, cada palmo de su cuello y de su espalda. Luego me fui para sus caderas y besé sin besar sus piernas, sus tobillos, los dedos de sus pies, sus brazos y los dedos de sus manos, todo sin tocar la piel, sino su aura.

Conforme mis labios recorrían todo su cuerpo por detrás y por enfrente, sin tocarla realmente, sentí que la experiencia me estaba resultando como si la hubiese practicado miles de veces en un pasado cercano. Lo cual era extraño, porque mi reinita y yo nos habíamos conocido apenas unos meses atrás.

"En qué otra vida nos conocimos, amor mío, ¿preguntó ella con voz susurrante? ¿En dónde encontraste el mapa de mi cuerpo? No es posible que conozcas a plenitud las zonas y lugares que sólo yo creía que conocer. ¿Quién te dejó escapar del paraíso? Sólo un ser divino pude conocerme a tal grado y hacerme gozar lo que tu me provocas".

No supe responder, porque jamás se me ocurrió que nos hubiésemos conocido en otra vida pasada, pero supe que era el amor lo que me encaminaba a explorar todo con ella y a arriesgarme a descubrir sus y mis zonas más sensibles para poder así estimularlas y ocasionarnos tanto placer que jamás en esta vida ninguno de los dos tuviese siquiera la intención o el más mínimo pensamiento de buscar amor en otro lado.

La amo tanto y ella me dice y me demuestra lo mismo que agradezco tanto a sus vivencias pasadas como a las mías que nos permitieron encontrarnos con toda la experiencia y con toda la disposición y el poder para entregarnos el uno al otro como si fuese cada día el último de nuestras vidas. Quisiéramos pues acabarnos el mundo de una sola sentada y no dejar nada para mañana, por si esta fuese la última noche que pasamos juntos.

Los vellos de su piel en todo el cuerpo se erguían al paso de mis labios y mi lengua sin que yo la tocara de ninguna manera. Eso es lo que se dice ser el acto de “acariciar el aura”, experiencia esta de la que había yo escuchado en alguna ocasión, pero jamás siquiera imaginé el placer que logra tanto aquel que la prodiga como aquella que lo recibe.

No sé cómo medir, ni siquiera sé que sea posible cuantificar o cualificar cuando se trata de placer, pero ciertamente puedo decir que si acariciando un cuerpo se llega a gozar de orgasmos, acariciando el aura se llega al éxtasis maravilloso que hace tocar las puertas del cielo hasta a un hereje erotizado por la vida, porque entiendo que cada ser humano ha recibido como regalo una dotación más o menos importante de amor divino.

Gracias Dios, por permitirme gozar de tu amor en mi pareja, y comprobar una vez más que la divinidad de la mujer no es sino una extensión y una manifestación tangible de tu poder divino que nos ayuda cada día a volver a intentar junto a ella la búsqueda del camino de regreso al paraíso.

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Noche 7 de 365 noches de sexo

Noche 7. Sábado 16 de agosto de 2008.

La reina jamás aparecerá más arriba del rey, pero siempre estará por encima.

La dama se quedó a trabajar en la computadora de la recámara hasta muy tarde ese sábado para poder terminar sus pendientes y así poder apartar el domingo exclusivamente para actividades familiares.

Después de terminar su trabajo en la computadora decidió consultar algunos periódicos en el internet y se entretuvo con las noticias de sociales y cosas interesantes de aquí y de allá.

Su rostro en la penumbra de la habitación reflejaba la luz de la pantalla del ordenador y ocasionalmente se le veía una expresión de felicidad y malicia que le iluminaba la piel desde el cuello hasta la frente. Una sonrisa de repente, un humedecerse los labios y un pausado cerrar los ojos frecuente hacían inferir el tipo de noticias que estaba leyendo en los periódicos en la red.

Sonreía ella como la viuda que sufre cuando su placer es tan grande que se compara con el inevitable pensamiento del trauma de estarse echando al segundo.

Satisfecho por mi trabajo realizado hasta ese momento salí de debajo del escritorio y me deshice de lo que quedaba del último de los cubos de hielo que había estado introduciendo y desenvainando de su vagina.

Entonces nos fuimos a nuestro lecho y ella aparentó querer vengarse de lo que yo le había hecho sufrir y gozar bajo el escritorio. Utilizando otra vasija repleta de cubos de hielo comenzó el ritual de tocar cada centímetro de mi piel desde los pies hasta el último cabello de mi cabeza. Humedeció con los hielos todo mi cuerpo y el placer de sentirse en lo más frío de los infiernos no fue menor al fuego que quema y derrite las entrañas cuando se ama con pasión a una verdadera dama.

Conforme mi piel se iba humedeciendo al paso del hielo, su lengua traviesa venía siguiendo la ruta del cubo y sus labios pellizcaban cada centímetro de mi humanidad. Empezó por el dedo pulgar de mi pie derecho, el cual chupo en repetidas ocasiones, haciéndome sentir henchido de placer.

Ella continuó, sin prisa, el humedecer, el besar y el chupar alrededor de los tobillos y fue avanzando por el horizonte de mis músculos fatigados por haber jugado como portero un partido de soccer casi al final de esa tarde. Avanzó sin dejar centímetro sin visitar y fue midiendo la distancia y contó cuantos besos había desde mi pierna izquierda hasta la derecha, pasando por el arco del triunfo.

El hielo en mis oídos y su lengua tratando de secar la humedad de lo más recóndito de mis poros volcánicos explotando a cada gemido que el intenso placer del masaje de lengua tibia y hielo fresco me ocasionaba me hizo eyacular con tal potencia que el producto de la explosión pareció golpear en cada chorro los turgentes senos de mi mujer.

Con las sábanas y las almohadas húmedas dormimos plácidamente hasta el amanecer, sólo para darnos cuenta que el agua de la lluvia nocturna había humedecido la banqueta y la calle de enfrente.

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sábado 16 de agosto de 2008

Noche 6 de 365 noches de sexo

Noche 6. Viernes 15 de agosto de 2008.

Me pregunto si una señorita siente durante su primera vez lo mismo que yo sentí anoche. Conforme su dedo ingresaba sentí algo de molestia, pero una vez insertado todo pasó a estar bien. De hecho, mejor que el ingreso fue la permanencia. Prefería que lo que había entrado no saliera o que lo que saliera ya no entrara más.

Si lo sacas ya no lo meterás, le dije a mi reinita, y si lo metiste ya no lo saques. Es preferible que lo muevas dentro sin aferrarte a estar extrayéndolo e incrustándolo. Olvídate de eso, sólo explora todo desde adentro y disfruta y déjame gozar.

Apenas el día de ayer había platicado yo con una amiga del trabajo acerca del proyecto que estoy realizando y en sus comentarios prevaleció la idea de que estaba bien continuar con éste, siempre y cuando no estuviese repitiendo lo del punto G y lo del sexo oral constantemente.

“No pretendas que sólo por cambiar de escenario la historia será diferente” me habría dicho mi amiga, “más bien debes intentar cosas nuevas; eso es lo único que podría motivar a tus lectores a seguir contigo. Existen muchas parejas en el mundo para quienes tus textos serán de gran ayuda. Sin embargo, no lo hagas sólo por ellas, hazlo por la libertad de expresión y por la búsqueda de tu propio estilo literario. La historia juzga”.

Otro amigo muy respetable me habría dicho amablemente que debía parar de publicar cosas de la intimidad de las personas y regresar al estilo y género literario con el que mis tres lectores me han conocido. A ambos y a otros escritores amigos escuché con todo respeto y consideré sus opiniones y consejos. Pero, finalmente, concluí que la decisión final de publicar o no el producto de este proyecto era sólo mía, pues soy el único que sufrirá o gozará del impacto positivo o negativo que se ocasione con estos textos que escribo para los adultos que deseen leerme.

El infierno y el paraíso son vecinos tanto como el dolor y el placer a pesar de ser considerados extremos opuestos de un continuum y, usualmente, la gente llega a confundirse y cree estar en el otro extremo. Hay dolores placenteros y placeres dolorosos; permanecer en el umbral es delicioso.

El sexo anal, como experiencia nueva resultó ser interesante y prometedora. Mi pareja estaba tendida sobre la cama y yo en posición de perrito sobre ella. El dedo medio de su mano derecha encastado en un condón trabajó a conciencia en mi ano untado de aceite y su mano izquierda jugueteó afanosamente con mi pene a la altura de su boca.

La masturbación y la exploración rectal simultáneas resultaron ser una experiencia tan increíblemente escandalosa e impactante que no acierto a discernir si sufrí un orgasmo o disfruté una violación.

Muchos momentos en la vida de las personas están ubicados justamente en la línea entre el dolor y el placer, entre el infierno y el paraíso. ¿Quién juzgará si el dolor de la crucifixión resultó ser un verdadero placer por los beneficios que el sacrificio trajo para la humanidad?, ¿quién sino cada individuo decidirá lo que hace con su cuerpo en aras del placer o del dolor cuando se realiza en compañía de la pareja amada?

Reinita, te amo, y te amaré siempre, pero más te amo ahora que nos hemos atrevido a explorar nuestros cuerpos sin limitaciones. Si esto no es amor, ¿entonces qué es? Si esto no es el paraíso, ¿por qué no me han expulsado?

Hasta mañana, vida mía, que duermas feliz y tus sueños estén llenos de mí, como los míos están de ti.

Mi dios no tiene sexo… se masturba.

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viernes 15 de agosto de 2008

Noche 5 de 365 noches de sexo

Noche 5. Jueves 14 de agosto de 2008.

El viaje por los secretos del amor es misterioso y rejuvenecedor. Después de tres series de ejercicios en el gimnasio regresamos a casa sin tener un plan definido para una noche diferente en la intensa relación que mi reinita y yo hemos disfrutado en los últimos dos meses. Nos bañamos y luego salimos en nuestra camioneta para dar la vuelta por la ciudad sin un destino definido.

Después de tomar unas copas de nuestro acostumbrado licor de almendras en un bar de la venida 16 de septiembre y avenida Adolfo López Mateos nos trasladamos hasta llegar a una pequeña plaza del fraccionamiento Los Parques, justo frente al hipódromo. Estacioné mi camioneta y contratamos por tiempo un taxi que pasaba por el lugar y era conducido por una hermosa dama.

Emprendimos un viaje con la única finalidad de recorrer las avenidas más iluminadas de la ciudad. Ya de camino, mi pareja y yo nos abrazábamos enamorados en el asiento de atrás y nos besamos sin incomodarnos porque la conductora del taxi ocasionalmente atisbaba discretamente a través del espejo retrovisor mientras avanzaba rumbo al centro de la ciudad.

Sin prisa, el taxi viró a la derecha por la avenida Juárez y nuestras caricias habían empezado a hacerse más íntimas. Suavemente liberé a mi mujer de su entallada blusa y del sostén de sus maravillosos gemelos paraísos. Acaricié con ambas manos sus frondosos melones y le chupé tiernamente las cerezas que de sus árboles frutales colgaban maduras.

De pronto abrí los ojos y nos encontrábamos viajando en el Ribereño rumbo al oriente de la ciudad. Ella me había sacado para entonces la camisa y ya pellizcaba suavemente mis pezones mientras con su lengua envenenaba mis oídos y los llenaba de palabras musicales que erizaban mi piel.

Ya por la avenida Tecnológico rumbo al sur nos encontrábamos completamente desnudos y nos habíamos arreglado para que ella se montara en cuclillas encima de mí, yo sentado sobre el sillón y ella tomada de mi cuello con ambas manos mientras frotábamos nuestros ya sudorosos pechos para hacerlos hervir más conforme la pasión nos envolvía en la locura de amarnos sin límites y sin importar lo que sucediera a nuestro alrededor.

Saciamos nuestros instintos en varias ocasiones y de regreso por la avenida Oscar Flores aún jadeábamos como adolescentes en su primera noche de amor y nos repetíamos tantas veces lo enamorados que estábamos el uno del otro y nos hacíamos tantas promesas que la conductora del taxi debió pensar que éramos unos locos porque a nuestra edad muchas parejas han dejado ya de amarse y permitido que la rutina domine su cotidianeidad.

Ya vestidos seguimos disfrutando del paseo por las luces de la ciudad hasta que la conductora nos indicó que el tiempo contratado estaba por terminar; por lo que le indicamos que nos regresara al lugar en donde habíamos abordado.

Al descender del taxi abordamos nuestra camioneta y sin hablar regresamos a casa cada uno ensimismado en sus pensamientos y reviviendo en la mente las experiencias que las últimas noches habíamos disfrutado juntos e imaginando las que aún nos faltaban por vivir.

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Noche 4 de 365 noches de sexo

Noche 4. Miércoles 13 de agosto de 2008.

Hay mujeres que aprenden a fingir el orgasmo para no hacer sentir mal a sus hombres cuando ellos no las satisfacen. Muchos hombres eyaculan prematuramente porque no les interesa lo que ellas piensen y sientan, o de plano solo utilizan a la mujer como receptáculo sin importarles el daño a la autoestima que les ocasionan.

El sexo no es todo en el amor, pero cuando una mujer no ha sentido un orgasmo por meses o años, la relación de pareja se ve inevitablemente deteriorada. Esto es causa de muchas separaciones que pudieran evitarse si tan sólo los hombres pusiésemos más atención a las necesidades de la pareja y no ser tan egoístas al pensar que la mujer fue creada para complacencia del hombre.

Una manera segura de comprobar si la mujer está sintiendo un verdadero orgasmo es que justo al terminar la relación el hombre apoye la palma de su mano sobre el pecho de la dama y compruebe si los latidos de su corazón son tantos como los que se logran al levantar treinta repeticiones de levantamiento de pesas de siete y medio kilogramos en cada brazo para estimular los bíceps.

En fin, volvamos a la bitácora de mi proyecto-antojo-reto de lograr 365 noches de sexo, con la misma.

Durante la tarde, mi pareja y yo nos fuimos al deportivo de la colonia y después de un leve calentamiento trotamos cerca de cinco kilómetros. Regresamos a casa muy agotados por tanto ejercicio.

Nos dimos un baño de agua tibia y después de asegurarnos de que los niños dormían nos salimos desnudos a la cochera.

Ya dentro de la camioneta hice que mi reinita se sentara sobre mí mientras yo estaba sentado en el asiento del piloto. Ella tomó el volante con ambas manos y encontró la manera de manejar mis sentidos a placer por las carreteras de la locura de dos locos enamorados. Con movimientos de sube y baja logró que yo quedara a punto de orgasmo, pero decidí suspender justo una fracción de segundo antes de que eso sucediera.

Enseguida pasamos al asiento de en medio de las tres filas de asientos que tiene mi camioneta. Me recosté sobre el asiento, boca arriba, y ella se montó encima de mí y una vez más, antes de que llegásemos al clímax suspendimos los movimientos oscilatorios para salir de la camioneta y tendernos en el patio trasero de la casa.

Ella se acostó mirando al cielo estrellado y empezó a gozar cuando al estilo misionero empecé a danzar sobre su alfombra de Venus al ritmo del péndulo del reloj de catedral. Unos minutos estuvimos así, esperando que ella terminara de contar las estrellas que podía apreciar en ese lado del cielo y yo trataba de contar todas las veces que esta dama me había dicho “te amo” en los últimos dos meses y ni ella ni yo pudimos terminar nuestra empresa por lo que como si lo hubiésemos planeado -a diferencia de otras noches- para esta hora ninguno de los dos había llegado aún a sentir un orgasmo, pero ambos habíamos disfrutado lo suficiente del sublime acto de acariciarnos y darnos placer el uno al otro.

Agotados de practicar diversas posiciones y por el esfuerzo de no permitirnos llegar hasta el final decidimos irnos a dormir, pero antes del amanecer nos despertamos con las mismas ansias y nos echamos un misionero matutino antes de levantarnos para empezar una nueva jornada.

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miércoles 13 de agosto de 2008

Noche 3 de 365 noches de sexo

Noche 3. Martes 12 de agosto de 2008.

“De usted, señora mía, me gusta el empaque, el contenido, el servicio y la garantía. Atentamente, Usuario satisfecho.” Le dije a mi compañera de cama en cuanto desperté después de una noche de pasión y entrega a los placeres del amor. Luego le di un beso en la boca y nos levantamos para prepararnos para ir al gimnasio. Trabajamos trote, carrera y pesas por casi una hora y luego volvimos a casa para bañarnos y desayunar. Después nos marchamos para nuestros respectivos empleos.

Después de un nublado de casi todo el día, al atardecer empezó a lloviznar. Salimos a la terraza trasera del segundo piso para mojarnos hasta que la ropa nos quedó tan húmeda que hubimos de cambiárnosla para quedar más cómodos antes de cenar.

Cerca de la media noche, después que bebimos una o dos copas de tequila, volvimos a salir a la terraza desde donde se divisan las casas de la calle de atrás y a lo lejos las luces combinadas de ciudad Juárez y de El Paso, Texas, con su estrella gigante de luces al pie del cerro. Tendimos unas cobijas sobre el piso de cemento aún húmedo de la terraza y nos acostamos desnudos boca arriba para contemplar el cielo nublado que ocasionalmente nos lanzaba algunas gotas de lluvia que habían quedado en el ambiente después de la delgada lluvia vespertina.

El chocar de las bolas de billar de la mesa de los vecinos de la calle de atrás nos llegaba con tal claridad que podíamos casi adivinar si la carambola había tenido éxito. Tres sujetos jugaban billar en la cochera de la planta baja con el portón abierto y la luz encendida, así que podíamos desde nuestro punto de observación mirarlos y hasta escuchar sus gritos y carcajadas de satisfacción cada vez que alguno de ellos lograba cascar la bola. Nunca sabré si ellos también podían mirarnos, ya que nosotros estábamos con todas las luces de la casa apagadas y sólo nos iluminaba la poca luz de la ciudad, pues el nublado no permitía que el reflejo de la luna nos iluminara a pesar de encontrarnos a la intemperie.

Después de un momento de conversar acerca de las cosas que nos hacen felices, nos pusimos de pie y yo recargué suavemente a mi mujer contra la pared de la casa y me acerqué por detrás para acariciar todo su cuerpo. Ella empezó a gemir contra la pared cuando yo le acariciaba el cuello, los hombros y lamía sus orejas introduciendo mi lengua en cada uno de sus oídos.

Después de acariciarla por la espala durante unos minutos, ella se volvió de frente a mí y así continuamos besándonos pausada y tiernamente durante no sé cuánto tiempo. Luego me puse de rodillas frente a ella e hice que levantara su pierna derecha y la pusiera sobre mi hombro. Ella, recargada sobre la pared gemía cuando yo empecé a besarle la entrepierna y a acariciarle con mis manos extendidas las extremidades más sensibles de sus senos.

Seguidamente ella se deslizó hasta quedar en cuclillas y yo me puse de pie frente a ella para que pudiera succionar a conciencia todo lo que le permitiera su cálida garganta y chupar todo lo que su lengua le permitiera.

Después de un rato de sexo oral del uno hacia el otro nos tendimos nuevamente sobre las cobijas y decidimos reintentar la tan placentera posición del sesenta y nueve, ella boca arriba con las rodillas levantadas y yo sobre ella sobre las palmas de mis manos y sobre mis rodillas. Nos besamos tanto rato y con ritmo tan oscilatorio que ambos llegamos a gozar de un orgasmo simultáneo, como nos gusta.

Antes de recuperarnos de los jadeos decidimos nuevamente intentar la experiencia de tratar de encontrar el famoso punto G. Ella boca arriba con las rodillas levantadas y yo sentado frente a ella le acaricié con mi lengua y con mis dedos la periferia de la vagina hasta que decidí introducir el dedo pulgar de mi mano derecha igual que lo había hecho noches atrás. Por momentos se dejaba sentir un viento fresco del norte y una brisa nos empapaba nuestros cuerpos sudorosos y calientes.

Para este momento los vecinos ya habían suspendido su juego de billar y habían apagado la luz de la cochera. No se puede saber exactamente cuánto duramos en la búsqueda del punto G, pero cuando ella empezó a gemir sentí que jamás la había llevado a ese punto de excitación en el que sus contracciones simulaban la cresta de las olas en la playa de la isla Catalina.

Después que platicamos, mi mujer me confesó que no podía explicar lo que se siente en el clímax del punto G, pero que de alguna manera era como diez veces más poderoso e intenso que el clímax de clítoris. Pero además, me confesó que durante el pico más alto del orgasmo, sentía que la cuesta descendía y luego volvía a crecer pero más alto que la anterior hasta lograr tres ascensos escalonados que la hicieron perder el sentido de la vista y del oído por períodos más largos que con el clímax de clítoris.

-Puedes tener todas las mujeres que desees en el futuro si algún día decides dejarme -me dijo más tarde en esa velada,- pero a mí ya me diste para morirme feliz con lo que me has hecho sentir esta noche.

Recién había ella dejado de disfrutar de los famosos tres orgasmos continuos, cuando aproveché el estado de excitación tan alto en que se encontraba para transportarla nuevamente hacia el abismo de otro orgasmo de clítoris con los tres dedos centrales de mi mano derecha, con lo que ambos quedamos exhaustos, pues he de decir que el placer de hacer feliz a una mujer compensa y ocasiona también un alto grado de placer en el caballero que se atreve a liberarse de falsos machismos como el de aquellos que sólo pretenden auto satisfacerse sin importar lo que la pareja sienta o desee, ocasionando en muchas ocasiones con esa actitud un sentimiento de insatisfacción y frustración en la pareja.

No soy experto en cosas del sexo ni del amor, pero sé que mi placer no sólo está en sentir orgasmos, sino en lograr que mis satisfacciones y las de mi mujer sean producto de una relación de pareja sin tabúes ni falsos pudores.

Hubiésemos querido continuar con la faena más tiempo, pero los gallos del vecindario empezaron a cantar de alegría por el nuevo día que ya estaba muy cerca de nacer, por lo que comprendimos que era es la mejor hora para ir a dormir.

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Atentamente
"Siempre intento, aunque no siempre puedo"
El conejo impotente
Paulino Arreola
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PAULINO ARREOLA ARREOLA

martes 12 de agosto de 2008

Noche 2 de 365 noches de sexo

Noche 2. Lunes 11 de agosto de 2008.

Después de nuestras respectivas actividades cotidianas, mi mujer y yo fuimos al parque de El Chamizal. Trotamos casi cinco kilómetros. Regresamos a casa cerca de las ocho treinta de la noche, sudados y agotados pues teníamos cuatro días que no corríamos ni asistíamos al gimnasio. Después de un baño con agua tibia cenamos ligero y luego nos fuimos a la recámara que durante las últimas cuatro semanas ha sido nuestro nido de amor.

Un poco preocupado por el reto de hacer el amor 365 noches continuas, no sabía yo cómo empezar, pues el reto implica no repetir ninguna acción de las noches anteriores; lo cual, a pesar de ser apenas la segunda de 365 noches, ya me empieza a pesar un poco por la duda y la posibilidad de que algún día no encontremos cosas nuevas para realizar.

Una vez en la recámara procuré que no nos acercáramos a la cama, para darme tiempo a pensar qué hacer esa noche. Así que invité a mi mujer a bailar en el centro de la habitación, para lo que encendí una vez más la computadora y la música empezó a sonar. No encendí incienso esa noche, sólo música y nuestros deseos.

Estábamos tan cerca del escritorio en el que estos textos escribo cada día, que después de bailar unas dos piezas de música romántica, me recargué en el escritorio y continuamos besándonos mientras nos desnudábamos el uno al otro, pausadamente, entre beso y beso.

No pudiendo soportar más el calor en nuestros cuerpos, la pasión se empezó a desbordar, por lo que retiré todo lo que tenía sobre el escritorio, incluyendo la computadora, pues la puse sobre la silla de escritorio, aún sonando música romántica.

Pedí a mi dama que subiera al escritorio y se pusiera en posición de perrito, sobre sus rodillas y manos, con su hermoso y torneado trasero apuntando al norte, justo hacia El Paso, Texas, y su mirada al sur, rumbo al desierto de Samalayuca. Entonces acerqué una silla que tenía al otro lado del escritorio, me senté justo enfrente de su fuente de vida. Empecé a acariciarle los pezones con mis manos mientras que con mi lengua lamía la región que un caballero más añora de una dama.

La besé, precisamente ahí, por mucho tiempo mientras escuchaba sus gemidos y apreciaba sus movimientos ondulantes de cadera, con lo que su espalda arqueada provocaba que su larga cabellera se balanceara de lado a lado de su cabeza. No sé si tuvo un orgasmo en esa posición. No le pregunté, pero a juzgar por sus gemidos bien pudieron haber sido dos, o más.

Enseguida le pedí que se recostara sobre su espalda de tal manera que su cabeza quedara colgando a la orilla sur del escritorio. Yo, entonces me cambié al extremo opuesto del escritorio y de pie introduje lo mejor de mis miserias en su boca y aprecié cómo ella lo recibía con alegría maliciosa. En el vaivén de mis caderas que empujaban mi cuerpo hacia delante y hacia atrás miré por la ventana el reflejo de los faroles de la calle de atrás sobre su delicado y esbelto abdomen bien cuidado por años de ejercicios y pesas en el gimnasio.

-Me toca -dijo en determinado momento mientras descendía del escritorio.

Hizo que me subiera al escritorio y me recostara boca arriba, con las piernas abiertas en “V”, al aire. Entonces besó la línea entre mis hemisferios y chupó ávidamente desde el ano hasta el pene, ocasionándome un placer más violento que el de Antonieta Villamil. Se extasió y me extasió en esa posición hasta que estuve a punto de orgasmo.

Entonces descendí del escritorio y me acomodé de pie detrás de ella. También de pie, ella se recargó sobre el escritorio posicionando en éste sus jugosos senos y extendió sus brazos hasta tomar las esquinas opuestas del escritorio y sus ojos miraban a través de la ventana rumbo al norte. Bendito norte que me permitió mirar el mundo a través de las caderas de mi dama.

En esa posición tuve un delicioso orgasmo después de unos minutos de juguetear con su espalda y de besar y tocar por debajo de su cuerpo las ciruelas que colgaban de sus melones frescos y tibios. Luego nos besamos unos minutos más y nos dijimos cuánto nos amamos y todo lo que nos necesitamos. Así fue como esa noche nos fuimos a tomar un merecido descanso que me hizo soñar despierto en el paraíso y sus veinte mil vírgenes, y seguramente ella pensó también en uno que otro querubín de aquellos que gatean de noche.

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Noche 1 de 365 noches de sexo

Noche 1. Domingo 10 de agosto de 2008.

A pesar de ser domingo, ella fue a trabajar y regresó cerca de las seis de la tarde. Yo ya estaba en casa. Preparamos una discada en el patio trasero para cenar con la familia y con algunos invitados. Luego que todos se habían marchado le pedí a mi mujer que leyera un mensaje de correo electrónico que le había enviado esa mañana en donde le invitaba a acompañarme en mi proyecto-antojo-reto de hacer el amor 365 noches continuas, mensaje cuya respuesta transcribo textualmente a continuación:

"Claro que acepto. Eres el amante mas deseado y anhelado de este mundo y es que me haces sentir cosas que… mmmmmm si te platico podrías llorar de placer, éxtasis, etc., etc., etc., etc., etc., etc., etc., etc. Cuando te conocí supe que eres tan diferente a todos y ese día decidí arriesgar todo y hoy lo confirmo, quiero vivir contigo las mil y una noches de placer, de amor, de ternura y mas. Hoy mañana y siempre te digo que quiero todo a tu lado.................te amo y quiero tenerte dos, tres, cuatro, quinientas, ciento y miles de veces pero haciendo el amor día con día conmigo hoy, mañana y siempre… siempre"

Después de tomar un baño de agua fría. Ambos nos dirigimos a la recámara. Encendí dos varitas de incienso. Platicamos un rato sentados al centro de la cama tamaño King, desnudos. Durante nuestra conversación íntima, bebimos las últimas cuatro cervezas que habían quedado de la reunión familiar de esa tarde. Le expliqué que al día siguiente escribiría lo que nos fuese sucediendo cada noche. Ella estuvo de acuerdo, a condición de que no se mencionaran datos personales, nombres, etc., para proteger su privacidad.

Mientras hablábamos, la música de mi computadora nos permitió disfrutar aleatoriamente de algunas de las más de dos mil canciones que guardo en mi disco duro. Poco a poco, empezamos a acariciarnos, dando énfasis en besarnos apasionadamente en la boca.

Después de muchos minutos de besarnos, y sin saber siquiera cuánto tiempo durábamos con cada beso, por aquello de que en el amor no importa el tiempo, sino los sentimientos que se inviertan y las emociones que se transmitan, empezamos a acariciar nuestros cuerpos. Yo le besé desde los pies hasta la cabeza, calmadamente, sin prisa. Fue un “cuesta arriba” que hacía que mis labios y mi lengua se extasiaran cayendo en el abismo del placer. El sabor de su piel me supo a agua del paraíso y me bebí más de tres litros de aquel vivificante líquido.

Conforme nuestros cuerpos sentían las manos, la lengua y los labios de la pareja, poco a poco fuimos tomando la clásica y muy socorrida posición del sesenta y nueve. Yo tendido sobre la cama y ella sobre sus rodillas y codos. Ella succionando y yo lengüeteando. Yo acariciando su espalda y sus hombros y ella masturbando con sus manos y su boca mi erección.

A punto del clímax, decidimos cambiar de posición. Ella se subió encima de mí, yo aún tendido sobre las limpias y sedosas sábanas de nuestra cama. Tuvimos entonces un placentero y celestial clímax simultáneo. Nuestros cuerpos sudorosos llovían por todos lados humedeciendo las sábanas y llenándolas de nuestros aromas.

Descansamos un poco, yo creyendo que enseguida tomaríamos nuestros respectivos lados de la cama para dormir, ella pensando que el reto no debía concretarse a uno por noche.

Ella me preguntó sorpresivamente qué era para mí un orgasmo. Yo le dije que un orgasmo es como morir de placer en el infierno de la carne y luego revivir a las puertas del cielo besando un pedazo de infinito que se te escurre por todo el cuerpo.

Para variar decidimos que debíamos continuar la exploración de nuestros cuerpos, por lo que me pidió que intentara encontrar algo llamado el punto G, por muchos buscado, pero por pocos encontrado.

Ella se tendió boca arriba. Hice que levantara sus piernas por encima de mis hombros y le besé alrededor de sus partes más íntimas mientras mis manos acariciaban sus pezones. Ella gemía de placer y me indicaba con su mano en qué puntos acariciar con mas fuerza y en donde simplemente besar o mordisquear.

Introduje el dedo pulgar de mi mano derecha en su vagina, tratando de recorrer todos los puntos que pudiese alcanzar. Entonces ella me indicó que no tenía caso recorrer su interior en círculos, sino que debía buscar un poco más abajo, como si desde la vagina intentara tocar el ano.

Con calmados gemidos de placer, ella me guió hasta que después de algunos minutos pude encontrar ese lugar mágico, ese lugar al que cualquier dama desearía que su pareja llegara para que le diese ese intenso y loco placer aunque fuese una sola vez en la vida, lugar y placer ese al que, lamentablemente, la mayoría de las mujeres jamás llegarán porque se requiere de tacto y talento comprometido con la pareja para que el gozo sea tan placentero que el amor tenga sentido.

Ella logró otro clímax, ahora en esa posición. Yo experimenté tal placer y satisfacción que mi orgullo se elevó hasta un poco más allá de la cima del cielo por haber logrado hacer feliz a una dama. Reposamos tendidos sobre la cama unos minutos más, mientras nos secábamos el sudor y recuperábamos el aliento.

Ya para terminar la jornada ella solicitó atentamente otro orgasmo, petición que complací empezando por acariciarle la vagina con mi mano izquierda mientras ella estaba tendido boca arriba y que concluí con besos cuidadosos, tiernos y apasionados de mi lengua sobre su clítoris y de todos sus alrededores.

Después de esto, dormimos plácidamente, desnudos hasta el amanecer. Al aparecer los primeros rayos de sol a través de las cortinas de nuestra recámara la miré de frente mientras ella dormía. Le besé en los labios y ella despertó. Entonces le susurré al oído: ¡Buenos días, reinita!, y el día empezó sus faenas una vez más.

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domingo 10 de agosto de 2008

365 noches de sexo, con la misma

365 noches de sexo, con la misma.
Por Paulino Arreola

Ciudad Juárez, Chihuahua, Domingo 10 de agosto de 2008.

Hace unas noches, mientras sostenía una conversación con una persona de confianza, se me ocurrió que tanto las mujeres como los hombres soñamos con llegar a tener sexo a diario. Sin embargo, ya en los hechos, no hay pareja que aguante tanto derroche de energía y que esté dispuesta a dedicar tanto tiempo a los placeres de la carne. No es facil regresar del trabajo o de la escuela y encontrar a la pareja en total disposición (suponiendo que la encuentres en casa) para llevarlo a cabo. Tampoco es facil que al final del día tengas la energía suficiente para emprender la acción durante tantas noches, especialmente después de que religiosamente te entregaste casi 12 horas diarias a las actividades que te dan el sustento.

Dicho lo anterior, debo aclarar que realizar las 365 noches de sexo no es un experimento, pues hay quienes ya lo han realizado con diversos resultados y no sería nada original repetir lo que otros han hecho ya. El primer problema a resolver sería, si se llegara a intentar, encontrar una pareja que esté interesada y que se atreva a embarcarse en la empresa. Si estás pensando en 365 parejas distintas no tendría gracia, o quizás sí, pero bueno, ese es tema para otro experimento o para otro artículo.

Así pues, a partir de hoy, me propongo crear y narrar 365 noches de sexo que pretendan ser diferentes. Pero más que narrar las escenas de sexo, me propongo demostrar que una pareja puede tener intimidad noche a noche si hay amor suficiente y si ambos se comprometen a no permitir que la rutina entre en sus vidas.

El proyecto no implica necesariamente que yo estaré practicando todas y cada una de las escenas que se narrarán aquí. Esto es simplemente un ejercicio literario. Repito para los libidinosos mal-pensados: Esto es simplemente un ejercicio literario.

No sé los alcances de este proyecto, supongo que habrá limitaciones y dificultades en el camino. Quizás tenga éxito, quizás fracase, pero lo importante es que, además de narrar las aventuras de una pareja de enamorados, el producto de esta idea podría acabar siendo nada más ni nada menos que un libro creado sobre la marcha mientras se va subiendo a la red y se va compartiendo con la gente que desee leerme y hasta retroalimentarme con sus correos en donde me sugieran cómo mejorar y avanzar con éste, mi primer libro en internet.

Aunque este no es un producto terminado aún, dedico estas narraciones a todas las parejas del mundo que dicen y deciden amarse, porque amarse es una decisión, vivir el amor es otra.
Avanzar a Noche 1

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